28/4/13


La impostergable terquedad de ser

Desde la constancia del pasar del tiempo, habla el ser.
Martin Heidegger. Tiempo y Ser.

La terquedad es una cualidad asociada con la obstinación, la tozudez, la ofuscación y un conjunto de calificativos generalmente relacionados a estados mentales de turbación o irreflexividad. Pero en muchas ocasiones lo que para unos asume tintes de terquedad, para otros es persistencia, perseverancia, convencimiento, certeza de que hay cosas que deben hacerse aun cuando no se cuenta con todas las facilidades.

En un contexto globalizado y marcado por la desidia ante lo nuevo y lo distinto-sobre todo cuando rompe los esquemas y jerarquías tradicionales-, esa terquedad se vuelve una necesidad impostergable e incluso, una cuestión de supervivencia. Una terquedad enemiga de los obstáculos, que va más allá del mero hecho de estar –que para algunos ya es bastante-y que se adentra en la lucha por SER, por existir, por mostrarse diferente en un mundo donde esas “malacrianzas” se pagan caro, a veces con el desconocimiento, con la exclusión… o con el ridículo.

Para quienes nacimos en esta parte del mundo que califican de tercero y matizado por “la maldita circunstancia del agua por todas partes”, los fatalismos se han convertido en compañeros de viaje. Con frecuencia nos quejamos de aquellos que vienen desde afuera pero pocas veces reparamos en que esas mismas fatalidades geográficas, económicas, culturales, ideológicas, las reproducimos al interior de nuestras fronteras.

Si es difícil SER desde Cuba, mucho más difícil es SER fuera de la capital de Cuba; y al final, es la misma estructura centro-periferia, solo que trasladada a menor escala en una espiral descendiente que se va reproduciendo y causando los mismos efectos sociales y psicológicos, da igual si los polos son Francia-Marruecos, La Habana-Sancti Spíritus o Camagüey-Najasa. Pueden cambiar las posiciones, pueden variar los roles, pero las consecuencias se mantienen.

Y no se trata de atrincherarse en un pensamiento regionalista o chovinista, sino que es una cuestión de identidad cultural, de diversidad, de ocupar por derecho propio un lugar en el mapa simbólico que nos hace existir ante los otros y también ante nosotros, lo cual es sumamente importante.

Estamos hablando de las mismas lógicas que llaman a preservar las lenguas autóctonas, los bailes tradicionales, solo que a veces pecamos de un pensamiento folclorista que concibe la cultura como lo que ya fue, lo que pasó, y no nos percatamos que la cultura es un proceso dinámico, que se (re)produce diariamente y que puede tener tanta importancia una expresión centenaria, como una que está en proceso de gestación. No solo debemos proteger aquello que nos HIZO singulares, también hay que tomar en cuenta aquello que nos HACE o lo que nos HARÁ.

Por eso, desarrollar y mantener un festival de Videoarte en Camagüey es un propósito que a todas luces destila terquedad, pero terquedad de la buena. Se puede ser crítico, defensor o detractor del resultado final, la manifestación artística puede gustarle o no, pero solamente la persistencia de y por SER, de luchar a brazo partido contra la falta de recursos, el inmovilismo, las incomprensiones y toda una larga lista de etcéteras, ya hace que el proyecto de por sí tenga un valor innegable, difícil de desconocer.

Hoy, cuando este evento va llegando al final de su quinta edición, podría pensarse que tiene detrás una cantidad mayúscula de aseguramientos y organizadores, pero en su esencia, y más allá de los consabidos discursos de agradecimientos, lo que late es la voluntad de un grupo de personas e instituciones empeñadas en defender una idea que los hace y nos hace SER; solo eso… aunque a decir verdad, tampoco necesita mucho más: allí está lo imprescindible, y lo que falta, aparece sobre la marcha, es solo una cuestión de actitud.

Por: José Raúl Gallego Ramos / Equipo del Festival Internacional de Videoarte de Camagüey.

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