25/4/13





50 años de resistencia


En el justo momento que usted comienza a leer este artículo ya dio inicio la sesión teórica del quinto Festival Internacional de Videoarte de Camagüey (FIVAC) y de seguro se han lanzado las primeras ideas en torno a la videocreación y las intervenciones públicas.

Ahora debatimos estos temas o la electrónica básica aplicada a la tan incomprendida manifestación artística, pero hace 50 años o quizás más -solo la historia lo sabe- Nam June Paik o Wolf Vostell decidieron criticar y “enterrar” la televisión; por ahí comenzaron ellos sus propuestas videoartísticas.

Mientras el 4 de octubre de 1965, habitantes de la ciudad de Nueva York madrugaron para lograr abrirse paso entre la multitud y acceder a la catedral de San Patricio, quizás con el propósito de orar, protestar o recibir la comunión de las benditas manos del Papa Paulo VI, el coreano Nam June Paik desde un taxi y con su primera cámara portpack SONY en la mano, registró el acontecimiento. De esta forma cuenta la historia oficial el nacimiento del videoarte. Pero como todo acontecimiento pasado está marcado por la contradicción; existen investigadores enfrascados en demostrar que, en ese año, SONY no había fabricado su primera portpack. Sea cierto o no, así quedó legitimado el suceso.

Desde entonces se han producido disímiles textos  que cuentan los antecedentes del videoarte a partir de la oposición a la televisión y, por supuesto, el músico Paik y el pintor Vostell ocupan el lugar de los personajes protagónicos. Dos años antes del llevado y traído momento histórico, el polifacético asiático había expuesto en la Galería Parnasse de Wuppertal, Alemania, su muestra Exposition of Music-Electronic Television. Mediante televisores con imágenes distorsionadas, pretendió transformar las relaciones habituales del receptor con la llamada “caja tonta”.

Casualmente -nótese la ironía- en el mismo 1963 Vostell expuso su 6 TV Dé-coll/age donde reflejó en monitores de televisión representaciones llenas de interferencia. En la oración precedente empleé un tono irónico pues como señala el artista Eugeni Bonet en un dossier publicado en el 2006 por el Museo Reina Sofía:

Poco importa si Vostell falseó las fechas de ciertas obras o proyectos, urdiendo ficciones autobiográficas para acompasar sus pasos a los de Paik, o incluso por delante, su manera de abordar la televisión y el vídeo tiene finalmente un sello bien distinto, partiendo del concepto de dé-coll/age con el que describió desde 1954 su obra plástica, happenings y environments.

Una parte relevante de los primeros creadores de videoarte provenían de vanguardias artísticas, por lo que no fue fortuito el uso del video como forma de documentación y difusión de performance, body art e intervenciones públicas.

El videoarte rompió con la lógica comercial y funcional de la televisión. Desde aquellos años de entierros de televisores y grabaciones con portpack SONY, esta manifestación artística pasó a convertirse en un espacio de resistencia y experimentación. En medio siglo ha andado casi todo el mundo, echando raíces en contextos culturales tan diversos e insospechados como París, Tokio o Camagüey.

En 1965 la videocreación quedó marcada por lo inesperado: un coreano filma al Papa (no la llegada del metro ni gente caminando por  Nueva York, sino al representante de Dios en la tierra) y legitima así el nacimiento de un nuevo lenguaje audiovisual. Lo inusual aún persigue el videoarte: en tiempos en que las últimas innovaciones tecnológicas acompañan las obras, llegan a Camagüey personas de Japón, Austria, Zimbawe y Brasil para participar en la quinta edición del FIVAC. Aquí aún filmamos con “cámaras prehistóricas”, pero desde este lugar, inexistente para muchos, se crea y se piensa el videoarte para continuar con la resistencia de una manifestación signada por lo inusitado.

Autor: Susana Vázquez Vidal, Fuente: Equipo del Festival Internacional de Videoarte de Camagüey



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